Mi familia

¡Mi San Luis Potosí!

2020 quedará marcado en la historia mexicana como el año en que la pequeña industria editorial se desmoronó por completo. Los gritos de auxilio ante la catástrofe que se cierne sobre innumerables sellos caen en el vacío ante la infame sordera de quien debería prestarles ayuda en un momento de máxima necesidad, cuando las librerías, sus principales canales de venta, apenas pueden soportar el peso de un comercio exiguo y la pandemia les priva de clientes.

¿Qué puede esperarles a estos grandes aventureros de la cultura, a estos soñadores que lo han apostado todo para mantener viva la llama de la imaginación y el conocimiento, el alma del mundo, si las instituciones públicas, el Estado, que es quien debería velar por su supervivencia, actúa con una arrogancia devastadora, clausurando toda posibilidad de ayuda con el desprecio de quien se obstina en creer que esos sueños son innecesarios, simple materia de despojo, un lujo que el pueblo no se puede permitir? ¿Leeremos en breve la esquela de sellos como Trilce, Ediciones Sin Nombre, Dharma Books, Taller Ditoria, Nitro-Press, Ítaca, El Milagro, Ediciones del Ermitaño, Antílope, Acapulco, Bonobos, Ámbar? No es justo.

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