De los muchos viajes que hemos hecho mi esposo y yo por razones de trabajo o placer, acumulando anécdotas muy variadas, experiencias enriquecedoras y sorprendentes, creí que ya no me faltaba nada por experimentar.
Esta vez, dando asesorías, le tocó viajar a Francia y a mi acompañarlo a Gueugnon, un pueblo de la región de Bourgogne, pintoresco, como son la gran mayoría de los pueblos franceses.
Aunque conozcas un país y hayas vivido algún tiempo en él, sueles olvidar algunos pequeños detalles, como por ejemplo los horarios de las comidas:
Desayuno: 7:00 a 9:30 horas. Pan de dulce y café.
Comida: 12:00 a 13:30 horas. Menú del día o la carta, sin mucha elección.
Cena: 18:30 a 20:30 horas. Lo mismo del mediodía.
En la gran mayoría de los pueblos no hay las cadenas de venta de comida rápida, como hamburguesas, pizzas o pollos, así que hay que ceñirse a los horarios y la comida que ofrecen. Y eso es porque nos hospedamos en un hotel.
Una de las cosas que tuvimos que verificar, para que mi esposo aceptara el trabajo, fue que el hotel tuviera ascensor, pues aunque solo sea de dos plantas, nosotros no podemos subir y bajar escaleras a causa de nuestras dolencias causadas por el desgaste oseo.
Los días de estancia todo iba muy bien, mi esposo al trabajo y yo a caminar descubriendo lindos lugares de este pintoresco lugar, pero un día el ascensor del hotel se descompuso, llamaron al técnico que vino 24 horas después, “lo reparo” y retiraron los anuncios de “fuera de servicio”.
El 25 de agosto, mientras en San Luis Potosí, de donde soy originaria, se celebraba en la feria nacional potosina el día del santo patrono, San Luis Rey de Francia, yo tomaba el ascensor de este pequeño e inofensivo hotelito y después de tener medio metro de caída libre y el parón en seco con tremenda sacudida… ¡me quedé encerrada!
Grité para que supieran que estaba ahí. Escuché inmediatamente que el encargado y otras personas corrían, subían y bajaban por las escaleras hablando entre ellos, y claro que no tenían llave para abrir el ascensor, por lo que tuvieron que llamar a los bomberos.
Así me quede 35 minutos. Todos preocupados continuamente me preguntaban cómo me sentía. Durante ese tiempo recordé las de veces que a lo largo de mi vida, en diferentes países, he estado en muchos ascensores de edificios, hoteles, teleféricos, de lo mas rústico a lo más moderno, y nunca me había quedado atrapada.
Cuando ya empezaba a sentir mucho calor y un poco de ansiedad, llegaron los bomberos. Ellos traían llave para abrir el ascensor. Quedé entre el primero y el segundo piso, por lo que me tuvieron que sacar cargada y como se me ocurrió hacerme un selfie, un bombero, en tono serio me dijo: «dese prisa, no está para hacer eso».
Como eran las 20:05, la hora de la cena, todos los huéspedes que estaban en el restaurante se habían enterado del suceso. Al entrar al recinto y ver que yo estaba bien, me aplaudieron. En el francés que hablo, y con mi acento mexicano, les dije “esta mexicana no se queda aquí, aunque la encierren en el ascensor”.
Esta ha sido mi anécdota en Gueugnon, región de la Borgoña, en Francia, en cuyo hotel donde nos hospedamos el ascensor sigue estropeado pues la pieza que pidieron para cambiar, sigue sin llegar… ¡y las disculpas por parte de la dirección tampoco se hicieron presentes!
