Mi familia Viajes

Con un pie en Europa

Fue en mayo de 1978 cuando llegué a Francia, al aeropuerto Charles de Gaulle, donde me esperaba el amor de mi vida. ¡Pisaba por primera vez Europa!

Ese fue mi primer viaje en avión. Los nervios de iniciar una nueva vida al lado de la persona de la cual me había enamorado en San Luis Potosí, en tan solo mes y medio, no permitieron que me ilusionara como la gran mayoría de las personas que viajan por primera vez a Europa, a París, la ciudad de la luz, la ciudad de los enamorados. ¡No¡ Yo solo rezaba para que mi futuro esposo no fuera el asesino en serie de su pueblo, ya que realmente desconocía muchos aspectos de su vida.

Sin hablar francés y con muy mala pronunciación en las pocas frases que aprendí y con un diccionario bajo el brazo, llegué con un absoluto desconocimiento de Francia, como país, pueblo, cultura, sociedad, y gastronomía.

La ubicación y su geografía interior las habría aprendido un día, pero lo olvidé. Mi ahora esposo me estaba esperando con muchos nervios, igual que yo; pero él porque esta era la tercera vez que me enviaba el boleto de avión, ya que las dos anteriores yo se lo había cancelado, y temía
que a ultimo momento yo no hubiera tomado el avión. Pero allí estábamos los dos, cumpliendo una cita.

Al subir al coche y escuchar el ruido que hace un motor diésel me quede sorprendida, ya que en aquel entonces, los coches en México eran todos de motor de gasolina, cuyo ruido suena diferente. Salimos del aeropuerto y empezamos la ruta hacia el norte de Francia.

Los paisajes verdes que iba viendo en el camino, así como los pequeños pueblos con las casitas de techos de dos aguas y la iglesia con su torre en pico estilo neogótico, que sobresalía entre todas las construcciones, me hacía recordar alguna tarjeta de navidad.

El cielo nublado con un poco de llovizna, hacían que para mi esto fuera un poco triste, ya que yo venía de un país donde el sol es un gran protagonista y la gran mayoría de las iglesias tienen cúpulas redondas y muy coloridas.

Así llegamos a Auloye Aymeries, un pequeño pueblo perteneciente al departamento 59 (en Francia la división política del país es por departamentos numerados). Acudimos al piso de mi cuñada, quien nos esperaba con su esposo, sus dos hijas, una de ocho meses y otra de cuatro años, además de su hermano menor de 19 años. Nadie hablaba español, así que solo nos veíamos.

De Francia a España y luego a Túnez

A las dos semanas de haber llegado, la empresa donde trabajaba mi entonces novio, lo envió a Marsella. Me fui con él y allí vivimos en un hotelito muy francés, sin baño en el cuarto, porque estos suelen estar en el pasillo, ya que son compartidos por los huéspedes. Pero el amor era grande y todo esto solo lo veía como aprendizaje de vida. Al mes le notificaron que tenía que ir a trabajar a Túnez ¡el norte de África!

Los viajes de trabajo y turismo no eran muy comunes en esa época. En consecuencia, el desconocimiento de trámites como visas o permisos, nos tomó por sorpresa. Como ciudadana mexicana, yo necesitaba visa para entrar en Túnez, así que mi novio se tuvo que ir antes. En mi caso me regresé a París a tramitar mi visa en el consulado tunecino.

Pasaron treinta largos días y yo estaba con su familia, aprendiendo a expresarme en francés en lo mas básico y conociendo un país tan importante en Europa.

Ya con mi visa y mi boleto de avión , preparé mi viaje, y si desconocía Francia, de Túnez no tenía ni la más remota idea de lo qué era ese país. Para mi la gente en África era todo negra, pero desconocía idioma, religión, cultura, costumbres y tradiciones… ¡Desconocimiento total!

Mi cuñada y su esposo me fueron a dejar al aeropuerto Charles de Gaulle y ¡oh, sorpresa, había huelga de aviones! Ahora aquí confieso que yo no sabía exactamente lo que era una huelga, yo solo había escuchado esta palabra en algún movimiento de obreros de una fabrica, pero nunca me imaginé que las líneas aéreas también lo hicieran. Mi concuño, muy francés, quería armar un escándalo para quejarse; yo les dije que me dejaran sola, ya que mi avión podría salir unas horas más tarde.

Así que pasé tres días en el aeropuerto, durmiendo en el suelo y una noche en un hotel. Sin teléfono inteligente, como los de ahora, para avisarle a mi novio de la situación. Lo único que hice fue pedirle a un señor tunecino que saldría en el vuelo anterior al mío, que por favor buscara a mi ahora esposo y le dijera que yo llegaría en el siguiente vuelo, pues mi temor era que no nos encontráramos en el aeropuerto Habib Burguiba, de Túnez.

Afortunadamente el mensaje fue transmitido con éxito y llegando a esa ciudad, mi Juan (como yo le digo de cariño) estaba esperándome. Llegué una semana antes de que iniciara el Ramadan, pero esta es otra historia que les contaré más adelante.

Lo que aprendí en mi corta estancia en Francia fue que los franceses son impacientes, inconformes y huelguistas; que los horarios de las comidas son sagrados; que comen mucha mantequilla y el pan tiene mucha levadura.

La empresa francesa para la que trabajaba mi esposo trató de alquilar un coche para que nos fuéramos a la ciudad de Gafsa, que se encuentra al sur del país y es la puerta al Desierto del Sahara.

Al no tener vehículo propio, nos tuvimos que ir en autobús que no tenía clima. Los asientos eran de madera e iba lleno con personas que cargaban bultos, cajas y ¡algunas hasta llevaban pollos o corderos! Todo esto sumado a los olores que circulaban en el aire y al sudor de la gente con una temperatura ambiente de 35 grados, me hicieron recordar los camiones de segunda clase o «polleros», como solemos llamarles en México.

Los paisajes desérticos que veía en el trayecto, así como los campos de olivos y los camellos desplazándose como medio de transporte, empezaron a despertar en mi una gran atracción por este país. En una de las paradas que hizo el autobús, los vendedores ambulantes se acercaban a ofrecer sus productos y, grande fue mi sorpresa al ver que vendían tunas o higo chumbo, como le llaman en España (fruto del cactus llamado nopal) que a mi, siendo originaria de San Luis Potosí, tierra de nopales y tunas, me dio mucho gusto.

Compramos un plato de frescas, dulces y jugosas tunas, que lo saboreamos con singular alegría. El viaje duró unas 10 horas. Llegamos a Gafsa al anochecer y ahí empezó mi vida compartida con mi hasta hoy compañero de vida: ¡mi Juan!

 

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2 Comentarios

  1. María Patricua dice:

    Rocío, Felicidades tu relato es muy fluido y despierta el interés para continuar. Las fotos me permiten verte como te recuerdo del IHI.
    Me da gusto entrar a tus relatos está vez! La primera ocasión no me fue posible por tiempo. Espero seguirte en cada oportunidad. Muchas gracias por compartir tu historia es genial!

    1. Gracias por tu comentario, soy novata en esto y trataré de pulirme para transmitir mis experiencias a lo largo de «El viaje de mi vida».

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