La primera vez que viajé a Rusia fue en enero del 2015 . Estuvimos por una estancia de tres meses en una ciudad al sur del país, llamada Lípetsk. Salimos de París en vuelo directo a Moscú y desde ahí tomamos uno comercial hacia nuestro destino final.
Al llegar al aeropuerto Sheremétievo, no sentí el haber llegado a Rusia, ya que la mayor parte del personal habla inglés y se encuentra uno con cadenas de restaurantes norteamericanas. Teníamos tres horas para el siguiente vuelo, así que fuimos a un cajero para retirar dinero y tener efectivo en la moneda del país: los rublos, que en esa época eran ocho rublos por un euro.
Pasaron las tres horas de espera, las cuatro y, por fin, hasta las cinco salía nuestro avión. En ese momento me enteré que en Rusia, los vuelos internos tienen retraso la mayor parte de las veces. El avión, un bimotor medio viejo, era de la aerolínea nacional, Aeroflot, y el vuelo tendría una duración de dos horas. El viaje fue tranquilo. El personal ofreció un pequeño refrigerio. La nave era pequeña y se movía mucho, por eso no me animé ni a ir al servicio, pues me parecía muy incómodo.
Todavía recuerdo que cuando el avión empezó a descender, el paisaje estaba totalmente nevado. Había tanta nieve que solo de verla sentía frío. Finalmente aterrizamos y hasta ese momento me di cuenta que todos los pasajeros eran rusos, solo mi esposo Jean y yo éramos extranjeros.
¿Y cómo supe esto? Porque todos los rusos –hombres y mujeres– dentro del avión sacaron de su maleta de mano sus
botas y zapatos especiales para hielo y nieve. Yo llevaba tenis deportivos o «zapatillas deportivas», como les llaman en España y mis botas de frío, pero eran solo para cubrir el frío, no propias para la nieve, menos para el hielo. Cuando se detiene el avión y empieza a bajar el pasaje en medio de la pista –no había túnel, ni autobús, ni
nada– ¡todos caminaban a paso rápido!
Aquí tengo que comentarles algo. Yo padezco de los meniscos y mis rodillas no pueden hacer determinados movimientos, mucho menos si estos son de forma brusca e inesperada. Así que los pasajeros caminaban rápido para llegar al edificio del aeropuerto, que estaba en construcción.
El piso estaba congelado, parecía una pista de patinaje, así que con mis torpes movimientos y a unos diez metros del avión, mis pies resbalaron: uno para un lado y el otro para el otro. Mi esposo trató de detenerme pero él también se resbalaba. ¡Me caí con las piernas abiertas, como un compás! Dos pasajeros se acercaron y me ayudaron a incorporarme, tomándome de cada brazo y me acercaron hasta la terminal. No fue nada grave, pero me sentí muy avergonzada.
Pero la caída no fue nada, comparado con lo que sentí cuando preguntamos por el baño. ¡Resulta que no había, pues el aeropuerto estaba en obras! Salimos del recinto y ya nos estaba esperando un chofer, con un cartel en el que se leía nuestro apellido. Él nos llevó al hotel en Lípetsk, nuestro destino final.
Mi esposo le preguntó que cuánto tiempo haríamos hasta nuestro destino, a lo que respondió que normalmente se hacían dos horas, pero que había mucha nieve y podríamos tardar más. Ya dentro del coche, recuerdo que me entraron ganas de ir al baño, entre el ruido de las ruedas del coche al friccionar con la nieve y algún charco de agua que cruzábamos.
El chofer hablaba poco inglés. Mi esposo le dijo que si había una gasolinera se detuviera, pero… ¡qué inocente es el humano, siempre piensa que en todos los países las costumbres son iguales! Y no. El chofer le dijo que no pararía porque ya tenía suficiente combustible.
Con mucha ansiedad le dije a mi esposo, quien iba en el asiento del copiloto y yo atrás, que le dijera que me urgía ir al baño, y así se lo comentó, ante lo cual el hombre pisó el acelerador y en la primera salida de la autopista tomó un camino secundario, donde había un gran embotellamiento o atasco. Despacio muy despacio, llegamos a una gasolinera, nos detuvimos y yo, agarrada del brazo del chofer y de mi marido –dado que todo estaba congelado– entramos buscando el baño.
El chofer hablaba con la encargada y trataba de convencerla de que me dejara usar el servicio. Ella se negó, ya que el baño era solo para empleados. Quiero suponer que él le explicaba que yo venía de un viaje en avión y no había baños en el aeropuerto. ¡Finalmente la mujer no me dejó usarlo! Así que volvimos al coche –yo sintiendo que reventaba mi pobre vejiga– y circulamos de nuevo por unos treinta minutos más.
Llegamos a otra gasolinera y por fin me permitieron usar el baño. Recuerdo que estaba muy sucio y lleno de lodo por la nieve, pero no me importó. ¡Creo que en ese momento me sentí la mujer más dichosa del mundo. Por fin estaba en un baño!
Lo cómico de esta aventura en Rusia fue que a tan solo unos 15 minutos de esta parada, estaba ya nuestro destino, el hotel Mercurio, en Lípetsk.

Gracias por todo querida amiga. Cuánto te quiero
Vaya que aguante el tuyo Rocío!
Seguro que ahora ya lo recuerdas como lo cuentas con gracia y sencillez.
Felicidades por tus experiencias!
Así, en el momento lo sufrí, jajaja