Peatones en calles de China
Viajes

Taiyuan: ¿cruzo o no cruzo?

Llegué el mes de abril de 1997 a la ciudad de Taiyuan. Después de desayunar un poco de fruta y pan con mantequilla –que servían en el hotel– prendí la televisión para ver cómo funcionaba el país. Solo había canales con películas chinas muy antiguas; unas en blanco y negro, otras con una calidad de color muy mala.

Todas típicamente chinas. El vestuario muy antiguo. Los hombres con túnicas y bigotes al estilo Confucio. Las mujeres con esos peinados que parece se ponen en el cabello agujas de tejer y con vestidos largos de mangas muy anchas. La trama de las películas de mucha tragedia, así que decidí salir a descubrir la ciudad con mis propios ojos.

Al salir del hotel en Taiyuan me quedé parada observando el movimiento de la ciudad (eso siempre lo hago cuando llego por primera vez a un sitio). Me impresionó ver miles de bicicletas circulando; negras todas, por cierto, y los hombres y mujeres hablando por teléfono móvil o celular, como les decimos en México. Todos vestidos con ropa en colores obscuros como azul marino, café, negro, gris y las mujeres muy arregladas.

Las calles

El ruido de los timbres de las bicicletas era ensordecedor y dentro de esta marea de bicicletas había cientos de taxis, que eran unas diminutas camionetas parecidas al modelo Combi de la VW, los cuales tocaban el claxon todo el tiempo. Esto generaba más ruido en las calles.

Empecé a caminar por una acera angosta e irregular, esperando llegar a un crucero donde hubiera un semáforo y poder cruzar la calle. Llegué a este, pero no había semáforo, solo un policía en el centro del crucero, que a buen ritmo daba el paso, se giraba, tocaba su silbato, pero yo nunca pude encontrar el momento de poder cruzar la calle. Y es que las reglas de tránsito en China no tenían nada que ver con lo que yo conocía, así que me regresé muy triste al hotel, pensando que mis paseos nunca iban a llegar más allá de la esquina de este.

Después de pensar un rato, me decidí a pedirle a una de las empleadas que me explicara cómo o cuándo cruzar las calles en Taiyuan. ¡Y esto se lo dije a señas, porque yo no hablaba chino! Le pedí que me acompañara a la calle y ahí le indiqué que deseaba cruzar la avenida. Inmediatamente me tomó de la mano y tranquilamente empezamos a cruzar la calle entre el mundo de vehículos que circulaban. Todos nos esquivaban. Así llegamos a la mitad y luego hicimos la otra mitad igual, pues era una avenida de dos sentidos. Llegamos a la otra acera, me sonrió y se regresó al hotel.  Yo me quedé con la boca abierta.

El papelito… ¡para no perderme!

En el hotel nos daban un papel donde escribían en chino nuestro nombre y dirección, así que cuando andaba en la calle y quería regresar, solo tenía que mostrarlo al chofer del taxi para que me llevara al sitio. Lo difícil era cuando quería ir a algún lugar y no tenía escrita la dirección en chino. Y mucho más difícil resultaba cuando uno se quería aventurar a descubrir la ciudad y no tenía definido a dónde ir.

En la actualidad, el personal de los hoteles habla casi todos los idiomas y los taxistas también, además hay tarjetas escritas en chino e inglés con los diferente sitios de interés y solo tiene uno que marcar con una X a donde quiere ir.

Recuerdo que un día caminé por una calle de Taiyuan y en la esquina di vuelta, al llegar al siguiente crucero no pude cruzar, así que tomé un taxi y regresé al hotel. El taxi cobró el equivalente de diez centavos de euro y al equivalente a dos pesos mexicanos.

Con el tiempo descubrí que el secreto para cruzar las calles era ponerse junto a un chino y así podía cruzar uno de manera segura, por lo que al día siguiente por fin pude llegar al centro de la ciudad. Fue alucinante descubrir muchas joyerías con la venta de mucho oro y  diamantes ¡que los chinos pagaban en efectivo!

También descubrí un mercadillo de artesanías, en donde los juegos de pinceles hechos de pelos de cola de caballo eran baratísimos, así como los juegos de ajedrez tallados a mano. Lo más impresionante para mi fueron los papalotes –o cometas– que simulaban un halcón o un pavorreal, hechos de plumas de verdad y cuya cabeza estaba confeccionada con tela y finas tiras de bambú. Toda una obra de arte.

Más descubrimientos

Los chinos son muy aficionados a volar papalotes y existen miles de accesorios para estos, desde carretes motorizados hasta las pequeñas luces que ponen en los hilos para que se vean de noche.

En el hotel había hospedados varios franceses, compañeros de trabajo de mi esposo, solo el jefe estaba con su esposa, una señora ya mayor y muy amable. Este grupo tenía una intérprete china y a la vez representante del gobierno, ya que en ese entonces se necesitaba tramitar un permiso para poder salir de una provincia a otra. Así que los fines de semana había un microbús proporcionado por la empresa para llevar de paseo a lugares de interés turístico a los trabajadores extranjeros.

La empresa era del gobierno y organizaba una cena cada semana en un restaurante a donde asistían el director y otros empleados con altos cargos. Lo que más me impresionó de esta vivencia, es que el chofer que nos llevaba al sitio, también se sentaba a la mesa, cosa que yo personalmente no había visto ni en México ni en Francia.

La forma de comer en China me sorprendió, pues se piden muchos platillos diferentes y se ponen en el centro de la mesa en una plataforma giratoria, así todos van sirviéndose de ahí con los palillos para comer. Esa vez sirvieron, entre otros platillos, un caldo de pescado. Con su cuchara cada persona se lo iba sirviendo, así como un trozo de pescado. Yo solo comí una cucharada, pues no me agradó ver que todos metían varias veces su cuchara en el caldo, el cual, por cierto, estaba muy sabroso.

Cada día de las tres semanas que duró mi estancia en ese entonces, China me sorprendía. Ejemplo de esto era lo que veía en las tiendas, donde el personal utilizaba el ábaco para hacer las cuentas de las compras que hacían los clientes. Cuando iba a algún supermercado para comprar varias cosas como cacahuetes, sopas chinas, refrescos, etcétera, la habilidad que tenía el empleado para pasar los artículos con una mano y con la otra mover las cuentas del ábaco para sumar, me tenía hipnotizada.

El día del cumpleaños de mi esposo lo celebramos con sus compañeros franceses en el salón destinado a los extranjeros en el hotel. Uno de ellos preparó unas crepas flameadas que al igual que otros platillos, saboreamos escuchando música. La charla giró en torno a los franceses que se quejaban mucho del país y de la falta de tantas cosas en la ciudad de Taiyuan, a las que ellos estaban acostumbrados.

Así llegó el término de mi estancia en Taiyuan, esa primera vez. Regresé a México cargada de maletas llenas de cuanta cosa descubría en China. Las líneas aéreas americanas no tenían límite de equipaje en ese entonces. ¡De verdad que esos fueron otros tiempos!

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8 Comentarios

  1. Rosa Puyou dice:

    Guau Roció, qué interesante!!! Me encanta tu forma de relatar tus aventuras

    1. Amiga, me alegra que te guste!

  2. María Patricia dice:

    Rocío me da mucho gusto leer tu blog.
    Tienes relatos muy interesantes, fluidos y divertidos.
    En especial este de la ciudad de Taiyuan. Te felicito por tus vivencias!

    1. Gracias Patito!! me da gusto compartir mis vivencias, y mas gusto, que las lean.

  3. Rache dice:

    Cómo una niña en un parque llamado China 😉

    1. Tu crees?

  4. Luz María González dice:

    Que bonitas anécdotas, que buenas aventuras!!!

    1. Que bueno que te gusten! Y vienen mas……..

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